Mujeres, las más propensas a desarrollar Alzheimer desde los 55 años: BioGen Latinoamérica Norte
CIUDAD DE MÉXICO.- El Alzheimer ya no espera a la vejez. Algunos síntomas empiezan a aparecer desde los 55 años, en una etapa en la que las personas siguen trabajando, cuidando a su familia y llevando una vida activa.
Además, se ha observado que dicha enfermedad neurológica, de las más complejas y devastadoras del siglo XXI, afecta de manera particular a las mujeres.
En México se calcula que hasta 1.4 millones padecen Alzheimer y, de acuerdo con la neuróloga Miriam Edith Jiménez González, directora médica para BioGen Latinoamérica Norte, dos de cada tres pacientes son mujeres.
“Hoy en día sabemos que las mujeres son más propensas al desarrollo de esta demencia de tipo Alzheimer que, además, se está presentando en etapas más tempranas, a partir de los 55 años”, explicó Jiménez González en entrevista con MILENIO.
Uno de los factores más visibles es la esperanza de vida. Las mujeres viven en promedio más años que los hombres, lo que incrementa su exposición al riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas.
Pero el factor hormonal también tiene un papel importante. “Los estrógenos, de alguna manera, protegen el desarrollo de esta enfermedad. Cuando hay una disminución temprana de estas hormonas, como ocurre en casos de menopausia antes de los 45 años, el riesgo de desarrollar Alzheimer aumenta”, agregó la especialista.
A esta combinación se suman otras enfermedades que afectan con mayor frecuencia a las mujeres en México, como diabetes, hipertensión y obesidad, padecimientos metabólicos que también se han relacionado con un mayor deterioro cognitivo.
“Estos factores metabólicos están directamente asociados con un incremento del riesgo de demencia tipo Alzheimer”, señaló Jiménez González.
La depresión constituye otro elemento relevante. En México, dicho trastorno es más frecuente en mujeres y también se ha identificado como un factor que incrementa el riesgo de deterioro cognitivo.
“Los padecimientos psiquiátricos, como la depresión, también se presentan con mayor frecuencia en mujeres y se han identificado como un factor de riesgo para desarrollar demencia”, detalló la especialista.
Afecta ya a población de las cinco décadas
El Alzheimer erosiona la memoria, el lenguaje, la orientación y, finalmente, la identidad misma de quien la sufre.
Un dato relevante es que, durante décadas, el Alzheimer fue asociado casi exclusivamente con edades muy avanzadas, superando los 70 años.
Hoy esa percepción está cambiando. La especialista advirtió que los primeros síntomas pueden comenzar después de los 55 años, cuando muchas personas aún se encuentran en plena vida laboral y familiar.
“La demencia tipo Alzheimer es la más común de las demencias y ocurre con mayor frecuencia a partir de los 55 o 60 años”, comentó Jiménez González.
El Alzheimer, abundó, ya no es únicamente un padecimiento del final de la vida: puede comenzar mientras las personas siguen trabajando, criando hijos o cuidando a sus propios padres.
Cuando el cerebro empieza a perder lo cotidiano
El Alzheimer suele iniciar con señales discretas que fácilmente pueden confundirse con distracción o estrés.
El síntoma más conocido es la pérdida de memoria reciente. Las personas comienzan a olvidar lo que ocurrió horas antes o el día anterior.
No obstante, recuerdan con claridad episodios lejanos de su vida, aseveró Jiménez González, directora médica para BioGen Latinoamérica Norte.
“En las primeras etapas se pierde la memoria a corto plazo. No se recuerda lo que se hizo ese día o el día previo, pero sí se recuerdan hechos que ocurrieron hace años”, agregó la especialista.
Pero el deterioro cognitivo temprano va mucho más allá de un simple olvido. Uno de los cambios más reveladores ocurre cuando el cerebro empieza a perder el significado de los objetos. No es lo mismo olvidar dónde se dejaron las llaves que no recordar para qué sirven.
“Un elemento clave para diferenciar un olvido cotidiano de un deterioro cognitivo es preguntarse si la persona recuerda para qué sirve el objeto”, dijo la neuróloga.
Cuando una persona deja de reconocer la función de ese objeto, el cerebro ya está mostrando señales claras de deterioro.
Los objetos comienzan a aparecer en lugares totalmente inusuales. “Colocar las llaves dentro del refrigerador, del microondas o en lugares inusuales puede ser una señal de que el cerebro ya no está organizando correctamente la información”, advirtió la especialista.
Otro signo temprano es la dificultad para nombrar objetos. Las palabras parecen estar “en la punta de la lengua”, pero no llegan.
En las primeras fases, el cerebro logra compensar estas fallas gracias a lo que los neurólogos llaman reserva cognitiva.
“Tenemos varias palabras para nombrar un objeto. Si una palabra se olvida, el cerebro puede sustituirla por otra”, destacó Jiménez González.
Esa capacidad permite ocultar temporalmente el deterioro. Sin embargo, cuando la enfermedad avanza, esa reserva comienza a agotarse. Primero se pierde el nombre del objeto. Después se pierde la comprensión de su función.
La ciencia detrás del deterioro cerebral
El Alzheimer es, en esencia, una enfermedad biológica del cerebro que comienza muchos años antes de que aparezcan los primeros síntomas visibles.
Durante décadas, los científicos pensaron que la pérdida de memoria era el primer evento de la enfermedad.
Hoy se sabe que el proceso neurodegenerativo puede comenzar incluso 15 o 20 años antes de que la persona note cualquier cambio cognitivo.
En el cerebro de quienes desarrollan Alzheimer ocurre una acumulación anormal de proteínas que altera la estructura y el funcionamiento de las neuronas.
“Son sustancias que deberían ser degradadas o eliminadas, pero se quedan acumuladas tanto dentro como fuera de la neurona. Esto lleva eventualmente a la muerte de estas neuronas y a la pérdida del funcionamiento”, manifestó la especialista.
Dos proteínas juegan un papel central en este proceso: la beta amiloide y la proteína tau.
La beta amiloide se deposita entre las neuronas formando placas. Estas placas actúan como una barrera física que interfiere con la comunicación neuronal.
La proteína tau, en cambio, se acumula dentro de las neuronas formando estructuras conocidas como ovillos neurofibrilares. Estas alteraciones afectan el sistema de transporte interno de las células cerebrales, lo que termina provocando su muerte.
“Las neuronas empiezan a morir por el acúmulo de proteínas, principalmente la proteína amiloide y la proteína tau”, explicó Jiménez González.
Cuando estas proteínas se acumulan, el cerebro pierde su capacidad para transmitir información de manera eficiente. Las redes neuronales que sostienen la memoria, el lenguaje y la orientación comienzan a fragmentarse.
Las primeras áreas afectadas suelen ser el hipocampo, una estructura fundamental para la formación de recuerdos, y posteriormente regiones de la corteza cerebral responsables del pensamiento, la toma de decisiones y la identidad.
A medida que la enfermedad avanza, las neuronas mueren en grandes cantidades y el cerebro literalmente comienza a encogerse.
Este proceso explica por qué los pacientes no solo pierden la memoria, sino también la capacidad de orientarse, comunicarse, reconocer rostros familiares o llevar a cabo actividades básicas.
El deterioro es progresivo. Desde los primeros síntomas hasta las fases más avanzadas pueden transcurrir entre ocho y diez años, aunque en algunos casos la evolución puede prolongarse durante más tiempo.
La carrera científica por frenar la enfermedad
Aunque aún no existe una cura, la investigación médica avanza en terapias dirigidas a las proteínas que desencadenan el deterioro cerebral.
Los tratamientos más recientes buscan actuar contra la proteína beta amiloide para reducir la formación de placas en el cerebro.
“Si se disminuye la formación de estas placas amiloides, se facilita la comunicación entre las neuronas que aún están vivas y se puede retrasar la progresión de la enfermedad”, añadió la neuróloga.
Los estudios clínicos han mostrado que estas terapias pueden ralentizar el deterioro cognitivo cuando se aplican en etapas tempranas.
Los especialistas coinciden en que el cuidado del cerebro debe comenzar mucho antes de que aparezcan los síntomas.
La actividad física, la estimulación mental, el control de enfermedades crónicas y una alimentación saludable ayudan a reducir el riesgo.
“Hoy es un buen día para empezar a procurar nuestra salud cerebral, porque el Alzheimer ya no es únicamente una enfermedad del final de la vida. Puede comenzar mucho antes”, dijo.
Necesario cuidar el cerebro
La neuróloga pediatra y directora médica para BioGen Latinoamérica Norte, Miriam Edith Jiménez González, refirió que la prevención del Alzheimer no debe esperar a la vejez, sino comenzar desde etapas tempranas de la vida.
Entre las principales recomendaciones, destacó la importancia de la actividad física, ya que, dijo, el sedentarismo se ha relacionado con un mayor riesgo de desarrollar demencia.
Por lo que mantener movimiento diario es clave para proteger el cerebro. En particular, se ha demostrado que caminar al menos 5 mil pasos al día o realizar ejercicio regular tiene un impacto positivo en la salud cerebral.
A ello se suma la estimulación mental constante. Leer, escribir a mano, resolver juegos de lógica o efectuar actividades cognitivas favorece la conexión entre neuronas y ayuda a preservar las funciones mentales superiores.
La alimentación también juega un papel determinante. Una dieta rica en antioxidantes contribuye a retrasar la aparición de la enfermedad o incluso a disminuir su riesgo.
Otro punto crítico es el control de enfermedades crónicas. Factores como la diabetes, la hipertensión y la obesidad están directamente relacionados con el desarrollo del Alzheimer, por lo que atenderlos de manera oportuna puede marcar una diferencia.
La especialista también insistió en no minimizar los primeros signos. Alteraciones en la memoria reciente, desorientación o dificultades en el lenguaje deben ser evaluadas por un neurólogo o un geriatra, ya que el diagnóstico temprano permite intervenir antes de que la enfermedad avance.
También es esencial proteger al cuidador. En México, la mayoría de los cuidadores son familiares y, en gran medida, mujeres. “Entre el 75 y el 80 por ciento de las personas cuidadoras son mujeres, principalmente esposas, hijas o madres”, puntualizó.
Cuidar a una persona con Alzheimer implica una dedicación constante durante años. Muchos cuidadores abandonan su empleo, enfrentan desgaste físico y desarrollan problemas de salud mental como ansiedad o depresión.
“Hasta el 70 por ciento de las personas cuidadoras pueden desarrollar problemas de salud mental, principalmente depresión”, advirtió Jiménez González.
AM.MX/fm
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